Fui al cine con la idea de que vería una cinta menor de Eastwood. La mezcla de Nelson Mandela con el deporte del rugby no me parecían indicadas para lograr un discurso con la fuerza denunciatoria de “El sustituto” o los problemas raciales de “Gran Torino”. Estaba muy equivocado. Eastwood se ha convencido en el ocaso de la vida -este año cumplirá ochenta, el 31 de mayo, pero nadie tenemos la existencia comprada: quizás dure hasta su centenario como ya lo sobrepasó Oliveira- que el mundo tiene graves problemas de entendimiento y razón entre sus habitantes. Si en “Gran Torino” las diferencias eran entre un hombre y sus vecinos orientales, en esta ocasión son entre un hombre y su patria. Eastwood está pugnando por hacer que el espectador comprenda que el perdón y la comprensión hacia el otro son las claves para la supervivencia y el crecimiento.
Un retrato laudatorio de Mandela (Morgan Freeman, excelente y distinto a todos sus roles anteriores) cuando ha asumido la presidencia de una nación dividida por el color de la piel, además de sentir el rencor tanto de blancos como negros. Dentro de su inteligencia y de su mente compasiva entendió que el deporte era un punto masivo de unión de pasiones. A la hora del juego significativo, el equipo vencedor se transforma en la razón de ser del habitante representado sin importar mayor diferencia que el rival. Estaba cercano el campeonato mundial de rugby en su país y logró incentivar a su equipo nacional para que alcanzaran el triunfo. Sabemos que no es por arte de magia ni por sermones como se puede ganar un juego: astucia y suerte, entrenamiento y condiciones. Aunque lo que menos importa es una reflexión sobre el deporte sino lo que está simbolizando.
Una gran cualidad del maestro Eastwood es que ya no puede dejar de producir obras soberbias, cálidas, interesantes. Nunca cae en la demagogia ni en la cursilería sino en las realidades. Hay una secuencia donde el capitán del equipo de rugby, Francois (Matt Damon, ya mostrando que el tiempo ha pasado pero que siempre cuidó la selección de sus películas), visita el reclusorio donde Mandela pasó 27 años de su vida. Eso es lo que prende la esperanza ya que logró sobrevivir gracias a la inspiración de la lucha por su patria y de un poema al que se refiere el título de la cinta. Los momentos deportivos no son excesivos, exceptuando obviamente el final, por lo que no resulta tediosa para quienes somos ignorantes y alérgicos al futbol en cualquiera de sus variantes.
Alguna vez comenté que Eastwood ha pasado al nivel de la grandeza en Hollywood: veterano, inteligente, equilibrado entre lo que significa entretenimiento y cine de ideas. Así como utilizó al boxeo en “Golpes del destino”, tenemos las referencias del futbol en “Escape a la victoria” de John Huston o las carreras a campo traviesa de “La soledad del corredor de fondo” de Richardson, entre otros ejemplos, para reiterar el valor del cine como una forma universal de comunicación. Como en otras de sus películas, fuera de los nombres estelares que se reducen cuando mucho a tres, los repartos secundarios son fenomenales. Hay un cuadro de actores que interpretan a los guardias de seguridad de Mandela que son extraordinarios. Los personajes femeninos (excepto cuando son protagónicos: Jolie en “El sustituto”, Swank en “Golpes del destino”) son importantes pero usualmente como fondo de apoyo (aquí es la asistente de Mandela o una sirvienta de los padres del capitán del equipo deportivo quienes llaman la atención).
El título de la cinta es el de un poema del británico William Ernest Henley quien tuvo medio siglo de vida debido a una salud frágil pero que alcanzó a tener su lugar como crítico, poeta y editor de publicaciones. Eastwood no lo menciona ni insiste con sus palabras a cada momento, como podría esperarse en un realizador mediocre que insiste para que el público sobreentienda (y se canse). Vemos que Mandela escribe la palabra en una hoja de papel para entregarla a Francois y decirle que fue la inspiración para una de sus anclas a la temeridad, la razón, la esperanza. Termina con las frases: “Soy el dueño de mi destino: el capitán de mi alma”. Finalmente a eso se refiere la cinta y a la evolución del país con los años: a los sueños que se tornan reales. La primera obra maestra (en corrida comercial, claro) que llegó a nuestras pantallas en el 2010.
P.D. Me entero que la siguiente película del maestro será acerca de cuestiones sobrenaturales: los genios viven dando sorpresas (ya ven a Woody Allen).
(Invictus; E.U., 2009). Director: Clint Eastwood. Guión: Anthony Peckman. Actores: Morgan Freeman, Matt Damon. Género: Drama, Biográfica. Duración: 130 min.