Es increíble que después de un guión tan original como el de la cinta Más extraño que la ficción (2006), Zach Helm haya seleccionado entre sus propias historias El mundo mágico de Magorium, para debutar como director.
Siendo un trabajo bien intencionado, a la cinta le falta altura emocional, pero su peor defecto es ser aburrida, con demasiado dialogo para el público infantil al que se dirige y, sobre todo, nostálgica a pesar de su colorido diseño de producción.
El reparto está encabezado por Dustin Hoffman y Natalie Portman, quienes simplemente no tienen nada que hacer juntos en pantalla: ella demasiado juvenil y fresca, pero perdida como personaje solitario y falto de antecedentes ficcionales; y él, con una sola mueca de simpleza en el rostro, para querer decirlo todo.
La historia se centra en una juguetería mágica en donde una especie de hombre de circo vive en el sótano dedicado a hacer libros infantiles, las pelotas de todos tamaños botan solas, y los avioncitos se autodirigen.
El establecimiento tan peculiar, ubicado en una céntrica calle de la que parece ser Mahattan, es diligentemente atendido por Molly Mahoney (Portman), una dulce chica de cuyo prodigioso pasado como pianista infantil no queda casi nada, salvo un tic en sus manos que parecen estar siempre recorriendo el teclado del piano.
A su vez, Molly es asistida por el pequeño Eric (Zach Mills), un jovencísimo coleccionista de sombreros que gusta de pasar las tardes en la tienda mágica de Magorium, donde sin embargo, el chico no ha podido hacer amigos.
El señor Magorium, que gusta de utilizar extravagantes ropas y el cabello peinado hacia arriba (más alto que lo que el propio Dustin Hoffman utilizó en Tutsi), posee cualidades mágicas, pues ha vivido varios cientos de años dedicado a hacer juguetes y hacer felices a los niños.
Todo inicia precisamente cuando el dueño de la tienda comienza a hacer sus preparativos para irse, pero no del trabajo, ni siquiera de vacaciones, sino para morirse; aunque su forma de comunicarlo a los demás es tan sutil que confunde a cualquiera.
Por ese motivo, a la tienda llega Enry Weston (Jason Bateman), un simple empleado contable que, con su visión objetiva y llana, parece irritar a todos los que allí trabajan, incluyendo a la propia tienda (que tiene vida propia).
El pobre Henry es tan apegado a su trabajo, que no puede aceptar que está inmerso en un universo mágico, así que se gana el sobrenombre de "Mutante", pero a él no parece ofenderle ni molestarle en lo mínimo (a menos que el personaje sí sea un mutante, pero cuya condición entraña nunca es explicada en el filme).
Con estos elementos en escena, el guionista y director configura una cinta visualmente colorida, que en un principio genera algunas expectativas de diversión pero que, conforme avanza la historia, va dejando caer el sentido alegre que podría esperarse de este tipo de situaciones y personajes.
Por el contrario, la cinta resulta tristona y hasta nostálgica, con Portman llorando la inminente partida de su amigo y jefe, mientras que el pequeño de los sombreros tiene su propia problemática tratando de adaptarse y hacerse amigo de Henry, quien a su vez lucha por ser aceptado por Molly y ésta, a su vez, no quiere aceptar el don mágico que posee.
A pesar de la relación de los personajes entre sí, las situaciones no están suficientemente trabajadas pues no parece haber lazos profundos por ninguna parte, a pesar de las buenas actuaciones de Hoffman y Portman, así como tampoco hay ninguna especie de química entre ésta última y Bateman, cuyos personajes parecen estar a punto de enamorarse pero nunca lo logran.
Lo único que funciona dramáticamente en esta cinta es la relación simple y divertida entre Henry y el pequeño Eric, quienes tienen a cargo las mejores y más divertidas secuencias del filme.
Una verdadera lástima cuando se trata de la primera película de la temporada navideña, la cual pudo haber sido muy recomendable para toda la familia, pero que por desgracia difícilmente complacerá a los chicos ni a los grandes.