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CEGUERA (*** ½)

Por Diana González.

Ceguera es una cinta que reúne sobre la pantalla a dos grandes y talentosos hombres: José Saramago, literato portugués premio Nóbel de Literatura (1998), y su, de alguna forma, contraparte brasileña, el cineasta Fernando Meirelles, autor de Ciudad de Dios (2002).

A Saramago hay que conocerlo para quererlo, pero empezar por lo primero es difícil cuando el lector se topa con un estilo complejo de escritura, que además cala hondo en temáticas profundamente reflexivas, de hecho, filosóficas (“El hombre duplicado”, “La Caverna”). Sin embargo, una vez que se le conoce no hay manera de no amarlo. Se trata, sin duda, de uno de los grandes talentos literarios del siglo xx.

“Ensayo sobre la Ceguera” es una de sus novelas, y es la que Meirelles ha tomado para, en conjunto con la adaptación a guión realizada por Don McKellar, recrear su estrujante alegoría sobre la condición humana.

La cinta está protagonizada por Julianne Moore, Mark Ruffalo, Alice Braga, Yusuke Iseya, Yoshino Kimura, Don McKellar, Danny Glover y Gael García Bernal, entre un numeroso elenco de soporte y, según buenas fuentes, se trata de una adaptación sumamente apegada a la historia original.

Como vimos hace poco en El fin de los tiempos (The Happening; de M. Night Shyamalan/2008), que la gente comenzaba a atentar contra sus propias vidas de una manera inexplicable, aquí también se nos propone un fenómeno catastrófico e imprevisto, que además sucede sin razón alguna: las personas que entran en contacto con un hombre que ha perdido de súbito la vista mientras esperaba el cambio de luz en un semáforo, se contagian de esa misma ceguera “blanca”.

En forma por demás frenética, de hecho absurda, exactamente como lo plantea el autor original, el horror y el caos hacen presa de una serie de personajes anónimos, a quienes vamos conociendo de a poco, pero cada vez más profundamente. El hombre que inició la enfermedad (Iseya) no sólo contagia a un vago malviviente (Mckellar) que trata de aprovecharse de su estado, sino también a su propia esposa (Kimura) y, más tarde, al oftalmólogo que lo atiende (Ruffalo), quien a su vez teme contagiar a su mujer (Moore).

Sólo que esto último nunca pasa. Lanzados de súbito al Apocalipsis, la pareja va a dar a una instalación que el gobierno ha dispuesto como lugar de aislamiento para los primeros cientos contagiados, en compañía del matrimonio japonés, el malviviente, una mujer que insiste en usar lentes negros y un pequeño de quizá sólo unos 10 años. Allí, los militares a cargo de mantenerlos confinados les arrojan desde las bardas perimetrales las cajas de comida, que conforme la población de ciegos crece, van haciéndose insuficientes. Como sucede con las condiciones higiénicas, que debido a la imposibilidad de la gente para mantener el orden básico de sus vidas, tornan en muladar la áreas habitadas.

En medio de su desgracia, los enfermos tratan de organizarse, especialmente guiados por las indicaciones del oftalmólogo, pero sobre todo por las indicaciones de la esposa de éste, quien ha preferido fingir que ella también está ciega, para poder estar al lado de su amado. De hecho, el personaje de Moore representa nuestros ojos (los del espectador), y constituye el corazón de la historia, porque atestiguar lo que Saramago-Meirelles nos proponen requieren de ojos bien abiertos y estómagos fuertes.

Y es que el cineasta configura la cinta con una fotografía sobreexpuesta, cuyo valor simbólico es tan potente que también ciega al espectador, o al menos lo acerca emocionalmente a la condición de los personajes sin nombre.

Porque, y esto se dice varias veces en la cinta, ninguno de ellos se ha hundido en la oscuridad, sino por el contrario, han sido como invadidos por una claridad hiriente que disuelve formas y espacios. De hecho, y para mi gusto, no creo que Meirelles haya hecho énfasis suficiente en la angustia que una situación así podría despertar en un ser humano, pues perder la habilidad de hundirse en la oscuridad al cerrar los ojos y dormir, es el camino más directo a la locura.

Pero aquí está lo brillante del símbolo: es la luz la que ciega, es la ausencia de la oscuridad en la que normalmente habitamos, la que permite describir y descifrar lo que verdaderamente somos, porque es difícil dejar de identificarse con las actitudes detrimentales de los personajes: digo, quién no pelearía como animal por un pedazo de carne cuando está a punto de morir de hambre? Claro que entre el salvajismo de la sobrevivencia y la actitud inmoral que toma el grupo lidereado por el personaje de García Bernal dista un gran tramo, pero no aceptar nuestras propias debilidades humanas sería tanto como hundirse en la butaca y hacerse el occiso.

Creo que ésa es precisamente la fuerza de la película; ninguna menor al de la obra original: hacernos ver tal cual somos, con todos los miedos ancestrales convertidos en saña, egoísmo y crueldad, tal y como Thomas Hobbs lo planteara en sl siglo xvii en su obra “El Leviatán”, tesis filosófica que señala que el hombre es cruel por naturaleza, aunque en este caso podría infiltrarse una tímida justificación: ante situaciones extremas.

Lo cierto es que Ceguera es un filme complejo, no sólo porque Meirelles retoma casi literalmente el estilo de Saramago, quien no usa el punto y seguido, y que además alterna narraciones en tercera persona con monólogos de algunos de los personajes, lo que lleva a que, a veces, resulta confuso saber cual de los personajes está narrando o pensando qué.

La crudeza de la textura del filme, como lo había señalado es hiriente, y el excesivo metraje, también usado para honrar la obra original, hacen que la cinta decaiga en su última tercera parte.

Por último, si bien hay quienes reclamaron el final poco congruente con el tono patético y desesperanzador de la historia, habría que ver que resultó muy necesario, no sólo para Saramago como antecedente de su siguiente obra, “Ensayo sobre la lucidez”, sino para quienes abandonamos el cine rememorando análisis similares que, por cierto, parecen ser pocos. Al menos en su vertiente sociológica, sólo pude recordar a El Señor de las Moscas, de William Golding (porque en su aspecto de ciencia ficción está cerca de Exterminio), y en su aspecto técnico que tan bien juega con la luz sobreexpuesta, a la cinta mexicana “La última mirada”, de Patricia Arriaga, quien orgullosamente podría considerarse en ese aspecto como el antecedente de Meirelles.

(Blindness; Canadá, Brasil, Japón, 2008). Dirección: Fernando Meirelles. Guión: Don McKellar, Basado en la novela de José Saramago Ensaio sobre a cegueira. Elenco: Julianne Moore, Mark Ruffalo, Alice Braga, Yusuke Iseya, Yoshino Kimura, Don McKellar, Danny Glover y Gael García Bernal, Jason Bermingham, Maury Chaykin, Mitchell Nye, Eduardo Semerjian. Género: Drama, Ciencia Ficción. Duración: 120 min.

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